jueves, 27 de septiembre de 2007

Venice Beach

Si no fuera porque sé que no es así, diría que la culpa fue de la tormenta (sí, de vez en cuando también llueve en la soleada California: como dos veces al año, por lo visto). Diría que toda esa carga eléctrica en el aire altera la personalidad y nos vuelve un poco locos.

Pero no es así. La playa de Venice (al ladito de mi casa) es un escaparate incesante de freaks y de la gente más rara que uno pueda imaginar. Y ése es su encanto. Por eso me encanta estar por allí y pasear por sus tiendas cutres. El domingo había por allí desde un grupo de sirenas a perros con gafas de sol, pasando por los habituales mimos y los personajes acostumbrados a hacer del paseo junto a la playa su sala de estar.


Cuando se tiene un mal día, o una mala semana, o simplemente uno siente la necesidad de estar un rato a solas consigo mismo, hay unos cuantos sitios que definitivamente ayudan. Venice es uno de ellos. La energía de este lugar es muy peculiar, única, además de tener una de las mejores playas que he visto.
No puedo olvidar que también es uno de los mejores lugares para encontrar esas camiseta-souvenir que todos acabamos comprando tarde o temprano, y esas maletas-ganga que definitivamente tendré que comprar cuando me plantee volver con todos los trastos extra que ya he empezado a acumular.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Realidad y vuelta al cole

Repasando los posts anteriores, me he dado cuenta de que da la sensación de que nos pasamos la vida de viaje, o de que todo por aquí es fascinante y muy divertido.

Pues bien, la verdad es que estamos yendo a muchos lugares distinos y haciendo mil cosas, pero también se impone la realidad y hemos tenido nuestra 'vuelta al cole', lo que significa que me he matriculado en la universidad. Otra vez. Cuando ya creía que era cosa del pasado, he tenido que pagar una pasta para asistir a una clase que, espero, me sirva para algo en un futuro próximo.

Todo ello sin perder de vista que, de lunes a viernes, mi vida es bastante poco glamurosa y bastante desquiciante.

Vale, sí que es cierto que me voy por las mañanas a la playa,

o de compras, o a por un white chocolate mocha a Starbucks mientras leo una revista, pero luego toca currar. ¡Y de qué manera! Eso sí, los fines de semana saben a gloria. Y estoy decidida a exprimirlos todo lo que pueda.

Por cierto, ¡Feliz San Mateo a todos!

martes, 11 de septiembre de 2007

San Francisco

Como lo prometido es deuda, llega el momento de relatar nuestra jornada maratoniana en San Francisco, en la que vimos muchas cosas, pero también fuimos haciendo una lista con las que veremos la próxima vez. Porque habrá una próxima vez, y pronto, a ser posible.

Como no podía ser de otra manera, y puesto que hay que empezar el día con energía, nos fuimos de cabeza a por el desayuno más enorme que pudimos encontrar. Y lo encontramos en el Pier 39, un muelle sacado directamente de una pelicula con surferillos, un carrusel, preciosas tiendas de chocolate (también de souvenirs) y hasta leones marinos.

Pero lo mejor de todo es llegar hasta el final del muelle y poder contemplar Alcatraz.

Es difícil de explicar la sensación que se tiene al estar tan cerca. Los presos podían oír perfectamente cómo la vida seguía fuera de los muros, al otro lado del agua. Nuestra intención era ir hasta allí en ferry y ver la prisión con uno de los tours que se organizan, pero todo estaba ocupado. Resulta que no puedes hacer planes de última hora el fin de semana del Labor Day. Es algo así como intentar algo para el puente de la Inmaculada la noche anterior. Así que es la primera de las anotaciones en nuestra lista.


Y como no podía ser de otra manera, y tras mucho caminar por calles eternas de empinadísimas cuestas, por fin estuvimos junto al Golden Gate.

Sólo los que hayan estado pueden hacerse una idea de por qué sonrío tanto en esta foto. Es precioso, sencillamente. No es simplemente un puente. Su imagen está tan grabada a fuego en mi memoria gracias a tantas peliculas y series de televisión que casi cuesta creer que es real. La vista de San Francisco desde el puente es incomparable. Una vez allí, cuesta marcharse.

El resto del día incluyó Chinatown, Little Italy, la Coit Tower con su estatua de Colón y las vistas panorámicas de las cuestas de la ciudad -si Steve McQueen hubiera pasado a mi lado conduciendo como un loco no me hubiera sorprendido-, la calle Lombard con los coches haciendo eses por su carretera serpenteante y, desde allí, el tranvía (que, eso no lo dicen, es como montar en una mini-montaña rusa).


Y de donde nos dejó el tranvía, al hotel. El hotel. Ésa sí que es otra historia. Digamos que nuestra pequeña habitación (pequeña es decir demasiado) no estaba en la mejor zona de SanFrancisco. Aunque he de decir que los pandilleros y traficantes no se metieron con nosotras en absoluto.

Tras una noche en la que, para nuestra sorpresa, dormimos estupendamente, llegó el momento de dejar la ciudad y volver a la realidad: un viaje en tren de una hora y uno en coche de unas seis. Pero no nos podíamos ir de San Francisco sin visitar Alamo Square, la plaza con las famosas casitas.

Y eso fue más o menos todo. La paliza fue tremenda, pero mereció la pena. La lista de lugares a visitar en nuestro próximo viaje es tremendamente larga, así que espero que podamos volver pronto.

Por cierto, S, el desayuno del último día incluyó un cupcake de chocolate blanco. Sé que tú especialmente sabrás apreciarlo. Ya estoy pensando en el brownie del Hearst Castle.

lunes, 10 de septiembre de 2007

El viaje...

La vida se impone y resulta complicado encontrar un buen rato para escribir, así que me ha costado un poco, pero aquí estoy.

Si en el último post hablaba del fin de semana en Universal, en este caso hablaré del fin de semana en San Fancisco, una de las ciudades más especiales que he conocido (aunque hasta ahora nada supera a París, ni creo que lo haga, pero eso es otra historia).
En fin, que tras mucho ajuste de fechas, de con-quién-viajo y de dónde-voy-a-dormir (eso también es toda otra historia) nos pusimos en camino hacia la ciudad del Golden Gate Bridge, de las cuestas interminables, de Alcatraz. Y eso, de camino, porque el camino es una pesadilla. Casi seis horas atravesando un desierto eterno. Y con desierto me refiero a


Puede que no sea de arena, aunque lo parece, pero el termómetro permanentemente por encima de los 40º y el paisaje desolador lo convierten en un perfecto desierto. Son más de cinco horas de

Y sin embargo te sobrecoge. La inmensidad del paisaje es asombrosa. Nunca acaba. Parecíamos atrapados, inmóviles a pesar de todo, ya que da la sensación de que no se llegará nunca, de que ya has pasado por ese mismo lugar. Las sombras de las montañas, siguiendo los movimientos del sol, dan a la escena un aura de magia difícil de explicar.

Y, sin embargo, se acaba. Cientos de millas más adelante, recorridos por una autopista que durante horas ha tenido cuatro carriles para cada sentido, por fin se llega a la ciudad de los terremotos, de la arquitectura victoriana, de los tranvías.

El viaje acaba de empezar.